"Tengo miedo". J. C. es nigeriana, joven, alta. Tiene el entorno de su
ojo izquierdo morado. Se percibe que a causa de un golpe reciente. Su mirada
es dura y su gesto expresa rabia. Sobre su regazo y entre sus brazos sujeta
a su hijo pequeño; un bebé que maneja con sus diminutas manos un enorme
biberón que intenta saborear acercando su boca a la tetina. Lo consigue a
ratos, mientras algunas gotas de leche caen en los brazos y pecho de su
madre. Su otro hijo, de unos cinco años, revolotea por la sala, mientras su
letrada intenta entretenerlo animándolo a dibujar sobre la mesa que preside
el magistrado José María Gómez Villora.
"Yo sólo quiero que no se acerque a mí, pero no quiero que entre en
prisión", dice con un inglés básico que traduce al juez un británico
contratado para la ocasión. Ella llamó a la policía y denunció a su pareja
este último fin de semana porque, según el atestado, le había pegado. Dice
que viven juntos "desde África, desde 1996". Informa también de que él es el
padre de sus hijos y que es también "el que trae dinero a casa".
"No quiero que vaya a la cárcel", insiste. El juez, con delicadeza exquisita
y mientras el mayor de los niños sigue corriendo por la sala, le informa de
sus derechos, de que puede no declarar contra su agresor, de que ella no
puede decidir si irá o no a prisión, y de que se cursará una orden cautelar
de alejamiento. "¿Le golpeó él en el ojo?". "Sí", afirma. "¿Era la primera
vez?". "No".
Son las doce de la mañana del lunes. Es la segunda víctima de violencia
machista que presta declaración ante José María Gómez, titular del juzgado
de violencia sobre la mujer número 1, el primero que se creó en Valencia.
Este magistrado de 41 años, que permite a La Vanguardia ser su sombra
durante un día, ha iniciado su jornada a las nueve leyendo los casos que le
han llegado: siete. "Son todos del fin de semana, de los juzgados de
guardia; pero a lo largo de la mañana puede llegar alguno más", advierte. Su
trabajo concluirá ya casi a las cinco de la tarde, con la toma de
declaración a los agresores detenidos, en los calabozos. "¿Tiene usted claro
que no puede acercarse a ella en doscientos metros, ni llamarla, ni ponerse
en contacto con ella por ningún medio?", anuncia el juez a J. P., también
nigeriano y presunto agresor de J. C., que queda en libertad.
En ese día ningún caso reviste una gravedad extrema, pero en todos se palpa
un drama que va más allá de la agresión física. "Yo siempre estaba apartada
en un rincón". Habla A. G., una mujer también joven, de fuerte complexión.
Es funcionaria del área de Seguridad del Estado y sorprende que, a pesar de
su trabajo, le tiemblen las piernas. Llora y se siente humillada por su
marido. "Golpe, patada y al suelo", relata. No era la primera vez. En el año
2004, en Valladolid, ya llevó a juicio a su pareja, pero al final no quiso
declarar. "¿Por qué?", le pregunta el juez. "Creía que iba a cambiar y nunca
lo ha conseguido", añade, entre sollozos.
El juez observa que lleva una venda en la mano izquierda. "¿Le hizo él
eso?". "Sí, me cogió y me retorció el brazo". Al parecer, relata A. G., él
se enfadó cuando ella protesto porque su marido tenía relación con otra
mujer. La amenaza de agresión quedó registrada en mensajes de teléfono."¿Los tiene aún?". La mujer los muestra. "Quiero que la vea nuestro forense,¿le parece bien?; por cierto, ¿sabe que tiene derecho a exigir una
indemnización por los daños sufridos?". A. G. alza el rostro, con orgullo, y
afirma: "Yo no quiero ninguna indemnización".
La humillación previa a la agresión, la reincidencia, la chulería. El caso
de M. E., una mujer de muy escasos recursos económicos, tiene todos estos
ingredientes. "Me llamó inútil por tener 58 años", señala. Se trata de una
mujer analfabeta, que lleva tiempo acudiendo a clases de adultos para "saber
leer y esas cosas; pero él me decía que no servía para nada". Le tiemblan
las manos. No puede, siquiera, sujetar el vaso de agua cuando relata la
escena: "Así, así, con la mano abierta, plas, me dejó los dedos marcados y me fui
corriendo a buscar a la policía en la calle". Su letrada intenta calmarla; y
ella casi se desmaya antes de entrar en la sala. Se repite la historia. No
era la primera vez. Ya le ocurrió en el 2004. "Me sacó una espada de
samurái; pero fui tonta y quité la denuncia". "¿Por qué?", insiste el juez."Es que creí que iba a cambiar; pero cuando bebe es otro", subraya,
descompuesta. "Estoy aterrorizada", añade. "No tengo casa, ni muebles, ni
dinero; pero que lo metan en prisión y que no se acerque a mí por favor", le
implora al juez. Horas más tarde, en el calabozo, José María, con cara de
pocos amigos, le señala al detenido que, a esta mujer, ni mirarla.
En sólo una mañana, el abanico de casos refleja un mundo de matices, de
sentimientos encontrados, de las enormes dificultades de unas mujeres que
han dado el paso y de cómo debe afrontar un juez situaciones extremadamente
delicadas. "Esto no es un robo de un coche; a veces lo más fácil es mandar a
un hombre a prisión", dice el juez. Advierte también que el caso de
denuncias falsas "es sólo una anécdota".
Pero el día deparará una sorpresa. Se trata de L. C., una joven ecuatoriana,
embarazada. "Yo le provoqué", dice. "¿Entonces, ese morado en la cara no se
lo hizo él como usted denunció?". "No, qué va, soy yo, que me caí de la
cama, él es incapaz de pegarme, hice como que me caí". "¿Sabe usted que se
van a abrir diligencias contra usted por falso testimonio?". "Sí, sí, peroél no me hizo nada". "¿Le han amenazado para que no declare contra él?"."No", dice, rotunda. El juez desconfía, pero es su declaración, y no puede
hacer nada. Su pareja está en el calabozo. Acaba el día. El letrado del
detenido le pide que se acoja a su derecho de no declarar. Pero resulta que
dice que sí, que quiere hablar al juez. "Yo la empujé y ella me tiró un
jarrón". "¿Ves?, señala el juez, ahora él reconoce el delito; al menos, a
ella no la acusarán ya de falso testimonio", concluye, con semblante
agotado.
La ley será muy eficaz, pero necesita tiempo"
"Se equivocan aquellos que creen que la ley no es efectiva", afirma el
magistrado José María Gómez Villora. "La prensa airea, con razón, las
víctimas mortales; pero cada día miles de mujeres en España se acogen a una
ley que las protege como nunca antes.
Las muertes se reducirán y todo el trabajo que estamos haciendo dará sus
frutos porque esta ley, aunque le falte alguna cosa, es buena y será muy
eficaz. Sólo necesita tiempo", destaca Gómez Villora. Este magistrado goza
de un gran prestigio entre sus compañeros de profesión en Valencia.
En su juzgado, además, se huele humanidad. En una sala se atiende a las
víctimas antes de prestar declaración. "Los juguetes para los niños los han
traído mis funcionarios", señala, mientras los hijos de una víctima se
entretienen con peluches y muñecos.
Y cuando una mujer se desmorona al ir a declarar, todos se movilizan para
ayudarla. Pero Gómez Villora cree que falta más educación para luchar contra
la violencia doméstica. "Aún estoy esperando que me llamen de un colegio, de
un instituto o de cualquier otro lugar para dar una charla a los jóvenes
sobre violencia contra la mujer", observa.
Jorge Garaventa -
jorgegaraventa@hotmail.com.ar
Sitio Oficial:
www.jorgegaraventa.com.ar
En el 10º año del Proyecto Listas y Foros - Justicia para l@s jóvenes de Cromagnón
Denuncie la violencia doméstica contra la niñez y la mujer.
En Capital Federal TE 137:
Programa "Las Víctimas contra Las Violencias"
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